Piero, mi Querido Piero
La vida de Piero es fascinante.
Es un cúmulo de tristezas y alegrías, de éxitos y derrotas, siempre surcando la incertidumbre y la aventura: el cambio interior, la evolución personal y musical.
La periodista Maureén Maya en un arduo y sensible trabajo logra un impresionante retrato narrativo del cantante italo-argentino, en su última biografía publicada.
«Caminante de la música, Piero recorre caminos y con su canto siembra la esperanza en toda Latinoamérica».
Adolfo Pérez Esquivel
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Piero, caminante de la música
por Adolfo Pérez Esquivel
Hay artistas que dejan su huella en la mente y en el corazón de los pueblos; sus canciones y palabras caminan, concientizan y abren la luz a la esperanza.
Piero es uno de esos artistas que construye identidades y valores, que va reafirmando las pertenencias de todo pueblo y genera espacios de vida para que entre el aire fresco de un nuevo amanecer.
Fue sembrando canciones, como “Mi viejo”, que habla de esa pertenencia y de la ternura filial, y logra que varias generaciones se identifiquen con su contenido y lo apropien. Son canciones que pasan a ser parte de la memoria en la conciencia colectiva de los pueblos, que rescatan la rebeldía del artista que entiende que su mensaje debe ser de amor a la humanidad y de resistencia frente a la opresión. Esa actitud y ese compromiso suyo con la libertad y con los derechos de los pueblos, hacen que sufra la persecución de la dictadura militar y que deba partir al exilio en 1976, primero a Italia, su tierra de nacimiento, y luego a España.
Caminante de la música, Piero recorre caminos y con su canto siembra la esperanza en toda Latinoamérica; en los pueblos que descubren junto a él su identidad, como en Colombia, Centroamérica o Ecuador; países en los que se reconocen sus canciones como cantos colectivos por el derecho a vivir con dignidad, justicia y libertad. Son estos valores los que permiten la unidad social en los caminos hacia la liberación, como lo expresa en su canción emblemática: “Para el pueblo, lo que es del pueblo, porque el pueblo se lo ganó. Para el pueblo lo que es del pueblo, para el pueblo liberación…”.
Piero recibe diversos e importantes reconocimientos en su larga trayectoria como artista, entre ellos el Grammy Latino a la excelencia musical en el 2016, pero ninguno es tan significativo como el amor que le profesa su público en todo el continente americano.
Querido hermano Piero: gracias por la riqueza de tu mensaje; por tu coherencia y por tu compromiso con la paz de nuestros pueblos.
Adolfo Pérez Esquivel
Buenos Aires, 1 de abril de 2017
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Mi amigo Piero
Por León Gieco
Cantante y compositor
Tenía catorce o quince años, estaba estudiando para una prueba de geografía en la casa de mi amiga Ester mientras su madre daba vueltas limpiando; de fondo sonaba muy bajito una radio Spika que no molestaba a nuestro estudio; al rato se produjo un momento mágico, algo que nos atravesó a los tres por igual: comenzó a sonar una canción, pareció como si alguien hubiera subido el volumen de la pequeña radio, pero no fue así. Esa letra y esa música cantada de una forma relajada con pausas y silencios, se impuso ante las miradas primero sorprendidas y luego llorosas. Era la canción “Mi viejo”, cantada por un muchachito que se habría paso a la popularidad llamado Piero.
Yo amaba a mi papá, era una persona extraordinaria, trabajador, gran cantante, jugador de cartas y carreras clandestinas de caballos, además alcohólico, es más: murió de eso.
Yo dije: esta canción es para él. Qué iluso, todos los que la escucharon alguna vez pensaron igual.
Los días viernes en la tarde, a la salida del colegio secundario, nos recordábamos chicas y chicos de vernos en la misa del domingo a las 10:30 hs. Era un pretexto perfecto para luego cruzar la plaza y comernos una picada en la vereda del único bar que había el “Bar Grande”.
A la vuelta estaba la propaladora, una torre muy alta con bocinas arriba que transmitía las propagandas de las casas comerciales del pueblo y además pasaba música.
Éramos como diez entre chicas y muchachos hablando fuerte y riéndonos después de un vermut con soda. Hasta que todos o casi todos nos miramos sorprendidos, atentos y con nuestras miradas nos preguntamos ¿y esta canción? Así sonaba para todo el pueblo delicada y poética “Juan Boliche”, no dudé un segundo en darme cuenta que la voz de esa canción era la misma de la de “Mi viejo”.
Cinco años después viajé para siempre a Buenos Aires, grabé varios discos, compuse muchas canciones y con Piero coincidimos en algunos escenarios, los más recordados fueron los conciertos de Mercedes Sosa.
Pasaron en total cincuenta años y Piero volvió a sorprenderme; me invitó a cantar junto a Víctor Heredia por pueblos y pequeñas ciudades del interior de Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela, y sin saber de todo lo que estoy contando me invitó a cantar una hermosa versión con guitarra, armónica y voces de “Juan Boliche”.
Todas las veces que la canto con él, me pasa algo maravilloso; me acuerdo de mi papá que de grande terminó siendo otro Juan Boliche, y también de mí adolescencia en ese pequeño pueblo del interior de la Argentina donde nací.
Gracias Piero
año 2017
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Piero mi querido Piero
por Maureen Maya
Piero Antonio Franco De Benedictis es el nombre completo de quien en adelante será el protagonista de estas páginas.
Lo conocí hace algo más de veinte años, cuando yo era una estudiante de periodismo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá y por azar de la práctica académica –aunque orientada más por las propias inquietudes que por el peso de las asignaturas– asistí a mi primera rueda de prensa. La que en aquel momento convocó Pablo Milanés.
En realidad, más que interesada en escuchar al cantautor de temas de tanta recordación como “Yo pisaré las calles nuevamente” o “El breve espacio en que no estás”, acudí al Hotel Hilton de Bogotá con el firme propósito de enviarle un obsequio al comandante Fidel Castro: un álbum de recortes de revistas nacionales y extranjeras que demoré varios años en completar desde la adolescencia y que revelaban los sueños y la vida de quien se había consagrado como la mayor fuente de inspiración de varias generaciones de jóvenes idealistas: Ernesto “Che” Guevara de la Serna.
Finalizada la rueda de prensa, logré colarme en el ascensor del hotel y llegar a la habitación de Milanés. Me recibió su manager, un hombre de ceño fruncido y ruda mirada, quien me hizo esperar frente a la puerta varios minutos mientras entregaba mi paquete al cantante cubano. Supongo que a Pablo le gustó pues me hizo pasar y amablemente –mientras sostenía en sus manos el álbum de recortes, una carta dirigida al admirado líder de la revolución cubana y una artesanía típica colombiana–, me invitó a su concierto de esa noche. En verdad nunca supe si los obsequios llegaron a manos del comandante, pero lo cierto es que aquel singular acontecimiento cambió mi destino, en cierto sentido, aunque no del modo que en principio lo había imaginado.
Estando en el coliseo cubierto El Campín de Bogotá, en el espacio reservado para los invitados, se acercó un joven abogado para entablar conversación. Fue él quien me propuso presentarme a un amigo. De esa manera, al estrechar su mano, conocí a Piero, quien también daría un concierto esa noche.
Amigos de la música popular de origen latinoamericano, simpatizantes de la izquierda política y con un profundo respeto por quienes se levantan en defensa de las justas causas sociales, mis padres tenían en casa la mayoría de sus discos. Familiarizada entonces con su presencia discográfica, el nombre de Piero no me era ajeno aunque nunca fui fan suya ni de ningún otro artista, de hecho, y con el paso de los años y el frecuente contacto con varios de ellos confirmé que ninguno merecía tanta devoción por más talento o poesía que desplegaran en sus canciones.
Desde ese día iniciamos una larga amistad, que con sus altas y sus bajas se ha mantenido en el tiempo, soportando incluso periodos de largo silencio o las desavenencias propias de la cercanía y de los viajes compartidos.
En 1996 volví a encontrarlo en una rueda de prensa en la Casa Museo Oswaldo Guayasamín, conocida como “La Capilla del Hombre” con varios artistas invitados a participar en el concierto “Todas las Voces Todas” en Quito, Ecuador. Pero en rigor, fue a partir de la “Marcha por las víctimas del paramilitarismo y agentes del Estado en Colombia” convocada en el 2008 por el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), cuando se intensificó nuestra amistad. Tuve la oportunidad de conocer a su nuevo manager, Sergio Perata, con quien surgió de inmediato una enorme sintonía, difícil de encontrar en cualquier otra persona.
Fue a través suyo que poco después, sin mediar investidura alguna, me convertí en parte de su equipo. “Road manager” fue el nombre que sugirió Sergio y que acepté pese a la molestia que me producen los títulos y el uso de anglicismos que asumo como resultado del imperialismo cultural del que aún no hemos logrado liberarnos muchos pueblos latinoamericanos.
Desde entonces, como parte de su grupo, sin serlo realmente, he tenido la oportunidad de recorrer junto a Piero y su banda –cuatro músicos excepcionales de la provincia de Córdoba (Diego, “Pichi”, “Cachito”’ y Gustavo), su hijo Juan Sebastián y su director de tarima y de sonido (por así decirlo), Juan Lebek (con quien además me une un profundo cariño mutuo y una amistad de más de dos décadas)– distintas ciudades y pequeños municipios dentro y fuera de Colombia.
Han sido múltiples los roles que durante los últimos años he asumido junto a Piero; numerosas las causas en las que hemos participado, innumerables los momentos que hemos compartido y casi infinitas las historias que de él he escuchado. No obstante –me anticipo a señalar– que mi percepción sobre Piero siempre fue bien distinta a la que podía constatar entre las personas que le escribían anónimamente al “ídolo”, lo seguían a sol y sombra, lo aguardaban a la entrada de los hoteles, se colaban hasta su habitación o se aglomeraban ansiosos, incluso frenéticos, a la salida de los conciertos a la espera de una foto o un autógrafo.
Tal vez por mi tan cotidiana cercanía a él, muchas veces me resultaba incomprensible el entusiasmo que su figura despertaba –y despierta– en públicos tan diversos. Piero cumplía ya cincuenta años de vida en los escenarios y el fervor que provocaba, la locura adolescente en mujeres de todas las edades, era realmente impactante. ¿Por qué? No tiene la voz de un cantante lírico, no deslumbra por su belleza física, no interpreta música docta ni cae en esa estridente vulgaridad que moviliza masas y tampoco es un erudito capaz de darnos las respuestas que necesitamos. Quizás se deba a que la mayor parte de sus temas, ya clásicos, son emblemáticos de un tiempo que condensa los valores de una utopía truncada. Sus canciones alimentan el alma, sacuden los sentidos, evocan mundos posibles. Pero ¿acaso esa simbiótica catarsis –pregunto nuevamente– da sustento a un fervor tan pronunciado e inefable?
Algunas veces le he dicho a Piero, entre bromas, que si cobrara por las fotos que la gente se toma con él, sería inmensamente rico. Nunca se niega a una foto, incluso no le molesta que lo levanten de la mesa de un restaurante o que lo atajen cuando regresa cansado al hotel. He sido testigo del amor que le profesa su público que, paradójicamente, no está integrado exclusivamente por veteranos de los desengaños que entonaron sus temas en el auge de las revoluciones posibles del siglo XX o contra las fieras dictaduras militares que dominaron el Cono Sur, ni por mujeres afiebradas, sino también por muchísimos jóvenes y niños, cuyos padres, no en pocos casos, siguen emocionándose hasta las lágrimas cuando escuchan La Sinfonía Inconclusa en la Mar.
Esta adoración hacia “el Piero ídolo”, la he visto tanto en Colombia como en Ecuador, Chile y Venezuela. Por ello, tratando de comprender cómo se consolida una carrera musical a lo largo del tiempo, e intentando desentrañar el misterio de esa fascinación casi mística que despierta su proximidad con la gente, le ofrecí a Piero convertirme en su biógrafa.
No era, claro está, la primera persona que se lo proponía. Pero por cuestiones que aún no alcanzo a descifrar –entre las que sin duda tuvo que haberse colado la mano prodigiosa de nuestro querido Sergio– él aceptó y empezamos este viaje a través de su memoria.
Cuando le pregunté, en medio de largas conversaciones sostenidas dentro de un avión, en un hotel o en una calle cualquiera, la razón por la cual la gente se enamoraba tan locamente de Piero, queriendo develar la naturaleza de aquello que muchos llaman “carisma”, me respondió: “Porque yo amo a la gente, de verdad la amo desde el fondo de mi corazón y eso se percibe. El amor no se puede fingir”. Y es verdad, en él lo es. Lo he visto compartiendo con todo tipo de personas que se le acercan, escuchando con atención sus historias, brindando abrazos e intercambiando datos de contacto, sin poses de hombre importante o de practicante de la misericordia con los demás. Este comportamiento, debo decirlo, no lo he visto en ningún otro artista que haya tenido la fortuna o el infortunio de conocer personalmente.
Monstruo. Hace un tiempo cuando acudimos a un recital organizado por la Secretaría de Educación de Bogotá Humana, en medio de los desacuerdos, las premuras y los nerviosismos que siempre asoman antes de todo evento, cuando el público lo aclamaba y los organizadores trataban de empujarlo para que saliera a escena, Piero se detuvo tras bambalinas, movió la cabeza en círculos como si se dispusiera a entrar a un ring, se sacudió, alborotó su cabello ensortijado con los dedos, y con los oídos atentos, muy atentos al júbilo de la platea, pidió calma. Solo cuando sintió que era el momento preciso, no sé cómo se percibe algo semejante, dijo: –¡ahora sí!– y avanzó sonriente hacía la tarima saludando a un público eufórico que no se cansaba de corear su nombre. Curiosamente ese día, en ese preciso momento, sentí que estaba ante un “monstruo”. Un ser mítico pero real, construido a través del tiempo, pulido en los abismos y en las contradicciones que reafirman, y muchas veces retan, la condición humana. Hoy más que nunca, consciente de su fuerza proverbial y de la luz que emana dentro y fuera de los escenarios, reconozco en él al fiel intérprete del sentir popular de un continente devorado por la amnesia, la confusión y la iniquidad, pero también consciente de los avatares que asolan a nuestra Gran Patria suramericana.
Piero siempre se ha resistido a hacer parte de un mundo bipolar, y contrario a lo que muchos de sus seguidores dan por cierto, Piero no es de izquierda, nunca lo ha sido, pero tampoco ha pertenecido a la derecha expoliadora y pragmática que durante décadas impuso la violencia en nuestra América indomable. Piero es un hombre que ha logrado permanecer junto a las grandes luchas sociales sin empeñar su corazón ni doblegarlo bajo el peso de las ideologías políticas. La enorme sensibilidad social que lo caracteriza, sumada a una más grande dosis de rebeldía, lo han motivado a estar presente en momentos de drásticas coyunturas, asumiendo siempre una férrea posición en favor de los perseguidos, las víctimas y los más débiles de nuestra historia.
Reconocimientos. Pese al enorme reconocimiento del que disfruta en la mayoría de nuestros países, a las atenciones que le extienden desde jefes de Estado, Premios Nobel, líderes políticos, figuras de la farándula hasta altos empresarios, Piero es una persona sencilla.
Claro que su lógica y su comportamiento, por más discreto y consecuente que sea, no son iguales a los de cualquier persona anónima. Es comprensible, considerando su historia y lo que él simboliza. Pero, más allá de eso, he descubierto que parte de la fascinación que despierta se debe a su real interés en la vida común de las personas comunes. Piero se deja querer y habitar por las personas; acepta invitaciones, responde cartas y correos, incluso contesta el celular; se angustia con los pedidos de ayuda que recibe casi a diario y siempre les busca solución. Suele construir lazos de afecto sincero con las personas, porque no les teme ni a ellas ni al cariño que le ofrecen. Incluso hoy día, sigue siendo asediado por las admiradoras que se las ingenian para llegar hasta él con la ilusión de compartir un poco de intimidad.
Por supuesto, como nos pasa a todos, tiene las complejidades de todo ser humano, sus días buenos y sus días no tan buenos, virtudes y defectos, a veces peca de ingenuo, pero en el fondo es un tipo asequible, amable y sencillo que acepta, con el mismo agrado y con una sonrisa cordial, tanto el abrazo de un presidente como el de un campesino; el camastro de un resguardo indígena, el refugio en una casa de familia o el suntuoso confort de un hotel penta/estelar; y así como le place comer un almuerzo popular en un rústico restaurante de carretera también disfruta de un elaborado platillo servido en la elegante mesa de un palacio. Lo único que no come es pollo. Viaja indistintamente en micro, en auto de lujo o en bicicleta, en un superjet o en una avioneta destartalada.
Lo he conocido alegre, triste, optimista, derrotado, apesadumbrado, preocupado, de mal humor, enfermo o derrochando energía, tranquilo o irascible, pero siempre, su sonrisa y su palabra son las de un hombre común, el mismo hombre común que se propuso ser décadas atrás cuando rechazó la vida de un Rockstar, cuando se opuso a la mercantilización de su vida privada, cuando prefirió unir su destino a mujeres ajenas a ese mundo de luces de neón y se planteó, a través de su música, el deber de contar las historias de la vida sencilla de los hombre comunes.
Su coherencia e innovación artística lo han consagrado como un ícono de la música popular testimonial en el continente. Pasan los años, pasa la vida y Piero sigue siendo aclamado por millares de personas en todo el continente que se identifican con sus canciones y con su particular manera de amar y entender el mundo.
por Maureen Maya
libro "Piero mi querido Piero"
2017
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Una Vida de Música, con compromiso social
Piero Antonio Franco De Benedictis Scigliuzzo, conocido artísticamente como Piero, nació el 19 de abril de 1945 en Gallipoli que es una localidad italiana de la provincia de Lecce, en la región de Apulia, Italia. Este renombrado cantautor de canciones tan emblemáticas para la sensibilidad social y rock ha construido una carrera que trasciende fronteras, dejando una huella indeleble en la música latinoamericana y en el activismo social.
Radicado en Argentina desde su infancia y con la nacionalidad colombiana como reconocimiento honorífico, Piero ha usado su arte como un medio para transmitir mensajes de sensibilidad humanista y pacifista.
Desde temprana edad, Piero mostró una inclinación natural hacia la música.
Llegó a Argentina con tres años de edad en 1948 junto a su familia, estableciéndose inicialmente en Banfield, provincia de Buenos Aires.
Fue en Allen, Río Negro, donde su interés musical floreció.
Influido por figuras religiosas comprometidas como Alejandro Mayol y Carlos Mugica, desarrolló no solo su talento musical sino también una profunda conciencia social que marcaría su obra.
Una Trayectoria Musical Icónica
El camino de Piero hacia el reconocimiento comenzó en 1964, cuando una grabación enviada a un canal de televisión lo llevó a debutar en programas como Remates Musicales.
Sin embargo, no fue hasta su colaboración con el escritor José Tcherkaski que encontró su voz distintiva. Juntos crearon clásicos como "Mi viejo", un himno que lo catapultó a la fama en toda América Latina.
A lo largo de los años 70, Piero consolidó su carrera con canciones emblemáticas como "Juan Boliche" y "Pedro Nadie", ganando reconocimientos internacionales como el Primer Premio en el Festival de la Canción de Buenos Aires y los Gallos de Oro en el Festival de Río de Janeiro. Donde un jurado con renombradas autoridades internacionales de la musica.
Sus composiciones se convirtieron en la banda sonora de luchas sociales, resonando con mensajes de resistencia frente a la opresión política.
Exilio y Transformación
El ascenso de las dictaduras militares en Argentina obligó a Piero a exiliarse en España en 1976, donde vivió en un molino en Guadalajara. Durante este tiempo, se dedicó a la búsqueda espiritual y al desarrollo de proyectos sostenibles, como granjas orgánicas, una semilla de lo que más tarde serían iniciativas educativas para niños vulnerables.
Su regreso en los años 80 marcó un renacimiento artístico. Con llenos totales en estadios como el Teatro Ópera de Buenos Aires y su participación en festivales de rock, Piero reinventó su música para conectarse con nuevas generaciones. Su legado se expandió con discos como Canto de la Ternura y Las galaxias nos miran, mientras se dedicaba a causas humanitarias en Latinoamérica.
Un Artista con Propósito
Además de su carrera musical, Piero ha sido un activista incansable. En Colombia, se ha sumado a iniciativas de paz, llevando música y esperanza a regiones golpeadas por el conflicto armado. Sus conciertos gratuitos y su participación en mesas de diálogo lo han consolidado como un símbolo de reconciliación.
Su vínculo con la espiritualidad también se reflejó en su relación con la maestra de yoga Indra Devi, con quien colaboró en proyectos que combinaban el arte con el bienestar. La creación de más de 200 granjas ecológicas destinadas a enseñar soberanía alimentaria a jóvenes vulnerables es un testimonio de su compromiso con el cambio social.
Reconocimientos y Legado
En su larga carrera, Piero ha recibido numerosos galardones, incluidos premios Grammy Latinos y el respeto de artistas y públicos alrededor del mundo. Su biografía autorizada, Piero, mi querido Piero, escrita por Maureen Maya Sierra, celebra su vida y su impacto cultural.
Piero sigue siendo una figura inspiradora, demostrando que la música puede ser un motor de transformación social y un puente entre culturas. Su mensaje de amor, justicia y esperanza resuena hoy más que nunca, recordándonos el poder del arte para sanar y unir.

ultima bio de piero

libro de Piero escrito por Maureen Maya

piero mariana fiore y giuli

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